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Calcuta no es para turistas - 2/11/2013
El tren que lleva de Delhi a Calcuta se demora 17 horas. Los compartimentos son corridos y el billete incluye merienda, cena, té, desayuno y periódico a grito pelado de ‘goodmoooooorning’. También aseos ‘indios’ (un agujero en el suelo) y algún que otro ratoncillo corriendo libremente. De la capital de la democracia más grande del mundo a la antigua capital colonial se desplazan en el tren de las cinco los más variopintos grupos. En mi caso, un grupo de niñas que van a actuar en Calcuta con su profesora de baile, una pareja de Bangladesh y un eterno olor a especias y sabor picante que acompaña más allá de la estación.
Entre Delhi y Calcuta se encuentra Agra, en la que el emperador mogol Shah Jahan mandó erigir el Taj Mahal por amor a su esposa fallecida. El Taj Mahal desprende una lágrima de cualquier mejilla al ver caer el sol en su reflejo blanco. El edificio puede contemplarse desde el siglo XVII desde el fuerte de Agra, donde el emperador Jahan lo lloró hasta quedarse ciego tras ser encerrado por uno de sus hijos. No hay palabras suficientes que describan su belleza.
Llegar a Calcuta es oler, tocar, sentir. Calcuta abraza y mira insistentemente a través de los ojos de unos ciudadanos que tienen un peculiar movimiento de cabeza para indicar el sí, el no, el entiendo, el no entiendo. Como newyorquina adoptada, una se acostumbra a pasar desapercibida, sin tocar, sin ser hablada. En la India y en Calcuta se es la tía –‘auntie’- de todos los niños de la calle, que meten las manos por las ventanas del taxi y se las llevan a la boca para desgarrarle al viajero el corazón y unas monedas. India tiene en su potencial ser mucho más que Bollywood o un Pollo Masala, y Calcuta alberga en su basurero anónimo de millones de habitantes la ciudad en la que la Madre Teresa descansa. Su tumba, blanca, accesible, sencilla, es venerada por las pequeñas hermanitas de la caridad y sus saris azules y blancos. Entre un sinfín de calles coloniales venidas a menos, una placa en la calle indica la entrada a la tumba de Mother Teresa, aquella monja nacida en lo que hoy es Macedonia y entonces era el Imperio Otomano, de padres albanos y adoptada mundialmente y por la India.
En el centro de la madre Teresa una hermana otea desde una balconada. Dos visitantes la saludan con la mano y ella hace un gesto. Tras repetirlo, los viajeros se aventuran escaleras arriban y entran en la residencia de las misioneras. La hermana Gertrudis, bajo el sol del mediodía, se aferra a un andador y a un rosario de madera. Pronuncia su nombre y en él escribe los 50 últimos años de vida de la Madre Teresa: Sister Gertrude fue quien acompañó a la beata durante todo ese tiempo; la que fuera y es tercera misionera de la caridad sigue en pie mientras relata la muerte de la Madre Teresa aquel septiembre de 1997, desliza el rosario hacia mi mano y nos anima a seguir con la visita.
El viajero en Calcuta descubre el museo Indio y el Victoria Memorial. Este excursionista puede hacer sus compras en el New Market y en todos los puestos de la calle que le hablan y le insisten para venderle otro sari. Calcuta le ha llenado las manos de un gris que no quita ningún desinfectante para maños. Calcuta le ha llenado la conciencia de que pobreza es un término que desconocía hasta que aterrizó en la India. Calcuta suena a claxon de coche y huele a tubo de escape que apaga el motor en cada semáforo. Con Calcuta, para visitarla, hay que relacionarse. Por eso tienen razón los que fruncen el ceño tras preguntar a qué se ha venido a la ciudad y se limitan a negar incrédulos y a responder que Calcuta no es para turistas.
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