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Servicio de desayuno. - 11/23/2011
Ese lunes me habían despertado con un telefonazo a las 06:00. Dasrat se había quemado e iba camino del hospital. Me llamaban para que fuese de inmediato a dar el servicio.
- Pero... ¿él está bien?
- Se ha quemado bastante un brazo con una cazuela llena de... - oí que preguntaba a alguien-. ¿Llena de caramelo? -acabó preguntándome a mí, en un tono que mezclaba extrañeza e incredulidad.
- Puede ser.
-¿Entonces puedes venir tú? -me volvió a preguntar.
- Sí, sí, voy para allá corriendo, no te preocupes.
Llevaba unos días meditándolo, pero al despertarme aquella mañana no me dio tiempo a reparar en ello. Me vestí y salí de casa corriendo.
Los lunes, cuando amanece en Brixton, todavía se aprecian las secuelas del fin de semana; olor a orín bajo los puentes oxidados, latas de cerveza aplastadas y un silencio especial que hace que las pocas personas que están por la calle parezcan sonámbulos que maldicen entre dientes, un lunes más, los trabajos hacia los que arrastran sus pesados cuerpos.
A punto de entrar en la estación del metro que había de llevarme al St Ermins, el hotel para el que trabajaba, me tropecé con una revista que se agitaba por el suelo. Algo hizo que me detuviese en seco.
- No puede ser -me dije-. es imposible.
Recogí la revista. La edición era muy buena, debía ser el magazine de alguno de los grandes tabloides. Pasé las páginas al vuelo buscando aquello que ni yo mismo creía haber visto, y efectivamente... Ahí estaba. No podía creerlo. Era una foto de la parte alta de Segovia, la miré emocionado. El Alcázar abría el conjunto, sobre él un sinfín de calles y torres encorsetadas por la muralla y al fondo el azul del Guadarrama bajo un cielo inmenso salpicado de pequeñas nubes blancas.
Sin plantearmelo me encontré con mi dedo índice buscando mi casa, mi pequeña Ítaca. No me costó mucho dar con ella, sus cuatro buhardillas la delataban entre el Socorro y el antiguo matadero. Supuse a mis padres ahí abajo, en ese pequeño trozo de papel, desperezándose con el olor del café, tostando panes y untándolos de mermelada, vistiéndose y saliendo los dos juntos camino de la Judería. Al instante recordé aquello que llevaba días meditando. Cerré la revista y corrí hacia el metro.
Llegué al hotel poco antes de las 7, pregunté por la quemadura de Dasrat y me dijeron que no había sido muy grave, que volvería enseguida.
Me cambié, tomé un café bien cargado y empecé a lanzar el servicio; huevos revueltos, huevos benedictine, huevos fritos, judías con tomate, beicon,tortillas, salchichas, champiñones, tomates a la plancha, tortitas con sirope de arce, frutas preparadas, quesos, fiambres...
Hacia las 8 aparecieron Dasrat y el jefe de cocina. Dasrat me enseñó un aparatoso vendaje en el antebrazo y me explicó cómo se había quemado de la forma más tonta preparando un caramelo, me habló de las dos enfermeras que le habían atendido en el hospital, venía con el teléfono de una de ellas. Estaba pletórico. En un español pakistaní me dio las gracias por haberle cubierto y me recomendó que me quemase algún día para ver a las enfermeras que esconde el St Thomas Hospital.
- No creo que haga falta quemarse para verlas, no seas burro, puedo acercarme con cualquier pretexto, por ejemplo para pedir tu expediente ¿no crees?
- Es verdad, no lo había pensado. Chico listo. No sé qué haces trabajando aquí... -me dijo mirándome a los ojos.
- Eso me pregunto yo a veces Dasrat. -le contesté sonriendo.
Apareció por la cocina un camarero anunciándonos que teníamos abajo a un proveedor esperando. Dejé a Dasrat a cargo del servicio y fuí a recibir el pedido. En la puerta había una chica con una caja de cartón no muy grande, al verme me entregó el paquete y un recibo y se esfumó entre el mar de gentes que a esa hora inundaban los alrededores de New Scotland Yard. Miré la caja que tenía entre los brazos y leí "Embutidos el Enebral" al instante sentí un pálpito, giré la caja y pude leer "El Arenal, Orejana, Segovia"
- No puede ser. Es increíble,increíble.
Una sensación extraña, una especie de escalofrío comenzó a estremecer mi cuerpo cuando comprendrí lo que había pasado; cómo la tierra, en apenas dos horas, había estirado sus brazos para alcanzarme definitivamente y cómo yo, sin proponérmelo había decidido hacer aquello que llevaba días meditando.
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