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Mis recuerdos del 95 - 2/2/2012
Volver a la piscina, salir más a menudo a correr o pisar por ese gimnasio situado en frente de casa y que tan lejano parece todas esas mañanas de invierno en las que no tienes mucho más que hacer. Sí, como muchos de vosotros, yo también hice las típicas promesas después de las doce uvas del 31 de diciembre. Bueno, inmediatamente después reconozco que no. Fue al día siguiente, habiendo reposado. No me voy a poner a explicar los motivos de por qué no lo hice aquella noche. No merece la pena.
A lo que iba, que entre mis promesas para este 2012 también estaba la de actualizar con más frecuencia este pequeño diario. Y en una de esas tardes de domingo, tan de reposo como la de Año Nuevo, recuerdo que se me vino a la mente el Campeonato de España de Ciclismo de Segovia en 1995. Así que vamos a ello.
El que aquí escribe apenas tenía 6 años, de acuerdo, pero los que me conocen saben que a esa edad mis padres ya empleaban mejor el tiempo llevándome a ver ciclismo que al circo, a la feria o a cualquier actividad de ocio similar. Eso sí, mis recuerdos son escasos. Imágenes sueltas que me vienen a la mente muy de vez en cuando y me permiten recordar cómo empecé a aficionarme a este bello deporte.
De hecho, la imagen que más veces ha rondado mi cabeza es la de un corredor de la ONCE, Roberto Sierra se llamaba y el dorsal 57 (creo) portaba, charlando con aficionados poco después de retirarse en uno de los pasos por meta. He de reconocer que poco más supe de su carrera deportiva, pero en 1995 fue uno de los protagonistas de la mañana que pasé "viendo la Vuelta", como decía por entonces.
Pero al que recuerdo y recordaré por encima de los demás es al segundo clasificado en aquel campeonato. Un tal Jiménez como me dijeron aquel día y que con los años se convirtió en mi único ídolo en esto del deporte. Ya sé que no fue un ejemplo de profesionalidad en muchos aspectos, pero cuando eres niño hay cosas que no quieres oír.
Su forma de correr fue única. En lo bueno y en lo malo. Todavía hoy recuerdo la cantidad de tardes que pasé delante de la tele. Esperaba sus demarrajes. Esperaba verle dejar atrás a sus rivales con la enorme facilidad del que es realmente superior. Esperaba, también, el temido día en el que un tremendo pajarón finiquitara sus opciones de triunfo final en la Vuelta (¡ay! la del día de Aitana en 2001. El equipo lo achacó a una úlcera en la boca, otros decían que debía haberse tomado una tarde de reposo como la mía en Año Nuevo). Y, por desgracia, también esperé en aquel frío 6 de diciembre de 2003 a que, viendo el programa Estadio2, dieran la única noticia que nunca hubiera querido escuchar. La de su paso de estrella (caída) a mito.
(¿Dónde estuvieron los que durante tantos años le dieron palmaditas en la espalda y miraron hacia otro lado?)
Pero, por encima de todas las cosas, lo que aquel niño deseaba y todavía hoy se permite el lujo de recordar, youtube mediante, era aquella forma de bailar sobre su bicicleta carretera arriba hasta la cima. En ocasiones con la sensación de que, si se lo propusiera, el asfalto se le quedaría pequeño y tomaría rumbo al lugar desde el que hoy, si de verdad hay algo ahí arriba, seguirá disfrutando de ese deporte al que tantas y tantas tardes de gloria dió.
Simplemente Chava. Con "v", como él pidió.
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