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Budapest: Una ciudad, dos mundos - 4/3/2012
'Buda' (o Budda) y 'Pest'. Una unificación necesaria -que ahora conforman la capital del país en el que se encuentran, Hungría- de dos ciudades separadas por un mar de agua dulce, un río místico que nace en la selva negra alemana y muere en el mar negro. Una corriente de agua imparable que deja a su paso un largo reguero de historias prolongándose durante casi 3.000 kilómetros. Budapest es una de las ciudades que observan su paso y, posiblemente, junto con Viena y Belgrado, una de las más bonitas (al menos y como siempre) bajo mi punto de vista.
Un billete de avión, compañía, tiempo libre y algo de dinero (no mucho que estamos de Erasmus)... Tan solo eso es necasario para disfrutar de un fin de semana soñado por muchos, mejorado por otros, vivido por algunos pero eso si, siempre único. Porque no hay dos iguales. Budapest nos esperaba con los brazos abiertos. Mi inseparable compañero de batallas en esta guerra llamada Erasmus y yo nos propusimos olvidarnos por unos días de las bicis, las Bratwurst, Ganseliesel, Georg-August y sus bares. Durante tres días cambiamos los aires gottinguianos por los Húngaros y no nos fue del todo mal...
Llegamos como siempre, ansiosos, todo lo queríamos hacer el primer día, en la primera hora. Dejamos las cosas en lo que parecía un edificio construido para albergar militares comunistas, pero que escondía un singular albergue con las camas justas para disfrutar de compañía las 24 horas del día pero sin llegar a ser un lugar molesto. Unity Traveller Hostel, en 'Kiraly utca' (utca es calle, para los poco entendidos en húngaro), un oasis en un desierto de paredes altas, frías, oscuras, con un ascensor tan antiguo como la propia ciudad. Un lugar extraño pero místico, original, sospechoso, capaz de albergar mil y una historias jamás desveladas, igual que las calles que lo rodean. Barrios oscuros, silenciosos, repletos de puertas infinitas, altas como murallas, espacios en blanco, patios de arena entre muros de hormigón donde quizá, algún día no muy lejano, se intercambiaron rifles de asalto por AKs-47 (quien sabe... la imaginación no tiene límites).
Cada paso era un descubrimiento, pero para nosotros (o mejor dicho, para mi) lo mas llamativo fueron los coches 'comunistas', maquinas sobrias, secas, turbias, de colores apagados pero con una larga historia entre sus asientos. Vehículos que han soportado el peso de armas ilegales (y legales) conducidos en algún tiempo por miembros de la KGB... Pero pasando a temas más culturales, la ciudad está repleta de increibles postales, casi siempre a los pies del Danubio. La Basílica de San 'István', la estación central, el castillo de 'Vajdahunyad' y el Palacio, que se levanta sobre una colina, a la vista siempre de la 'Citadella setáný' -encargada del control total de los dominios de 'Buda' y 'Pest' y desde donde se puede uno zambullir de lleno en una visión completa y espectacular de toda la ciudad- son solo algunos de los ejemplos que sirven de respuesta a porqué es una ciudad patrimonio de la humanidad.
Otro de los atractivos de la capital de Hungría (sin el cual probablemente no la hubiéramos elegido como destino vacacional) es, como no, su fiesta y sus bares. Fiesta infinita, sobre todo en fin de semana, en la que te encontrarás de manera casi continua con el idioma español, reinando en todas las esquinas, en todos los rincones, en cada calle podías escuchar trazas de una conversación en el idioma de Cervantes. Pero yendo al grano, el 'Szimpla' fue el bar que se alegró de nuestra visita, un bar-restaurante-tetería-discoteca que bien podía estar sacado de la película de 'Pesadilla antes de Navidad', el lugar más original que he visto en mucho tiempo. Decorado por Eduardo 'Manostijeras' y regentado por gente de todo el mundo. Un lugar llamativo -pero eso si, turístico y no demasiado barato, al contrario que el resto de la ciudad en el que los Florines parecen no tener fin-.
Para terminar y no porque sea menos importante (españolizando el mítico: 'at last but not least') nos daremos un baño calentito en las más que conocidas Termas. Baños turcos, públicos, cerrados, al aire, calientes, fríos, ardiendo, helados, con corrientes, con chorros, con ancianos, con niños y, como no, con españoles. Una visita obligada (a pesar del precio) y un lugar de descanso para terminar con un viaje de ensueño. Uno mas. Y no será el último...
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